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miércoles, junio 20, 2012

Mejor no tener cimientos

Un edificio se construye sobre unos cimientos que jamás se mueven. Si eso llegara a ocurrir, estaríamos ante un temblor de tierra o un terremoto, lo que significaría que el edificio tendría muchas posibilidades de sufrir graves daños y, en el peor de los casos, que se viniera al suelo. No hace falta contar las devastadoras consecuencias de un terremoto de intensidad, porque en nuestra memoria conservamos imágenes muy recientes de este tipo de catástrofes naturales.
Hace muchos años yo era de los que pensaba que la vida se asentaba sobre apoyos firmes e inamovibles y que sobre ellos tendría que construir mi “hogar”, es decir, mi existencia y el día a día. Pero el tiempo ha transcurrido y he aprendido que los pilares que creí firmes, se han movido bajo mis pies. Sin embargo, ni he sufrido daños de gravedad ni me he derrumbado.
Esto me lleva a una conclusión: o los temblores de tierra que he padecido no han sido lo suficientemente fuertes o mi hogar no está sustentado sobre columnas, sino que habito en una autocaravana, que si bien puede parecer más incómoda o más pequeña que otro tipo de casa, es mucho más divertida y ligera, además de permitir una movilidad extraordinaria.
Aunque parezca extraño, he ido madurando esta forma de pensar con el paso de los años. La experiencia me ha enseñado que en el día a día no hay cimientos firmes en los que enraizarse y cualquier intento de buscarlos queda reducido al fracaso más notable o a la condena de unas cadenas terribles, porque después de todo, el que se ata a algo firme, está construyéndose una prisión de la que luego será muy doloroso y complicado escapar.
Viendo cómo están las cosas, prefiero seguir recorriendo la vida en este vehículo. Me siento muy a gusto y así he conseguido afrontar una serie de situaciones complicadas o raras y he logrado salir de encrucijadas oscuras con bastante holgura y sin demasiados rasguños.
Cuando se viaja de esta manera, se puede huir de las borrascas, de los huracanes, del frío, de la sequía y de otros azotes de los elementos, mientras que cuando se habita en un edificio bien agarrado a la tierra, no queda más remedio que aguantar lo que va llegando y cruzar los dedos para que en una de esas no se venga todo abajo con nosotros dentro.
En definitiva, una autocaravana puede estar mucho tiempo aparcada en el mismo sitio, anclada en el mismo rincón del mundo, pero siempre tendrá el depósito lleno para recorrer nuevos caminos en un momento dado.

martes, junio 05, 2012

Unos vecinos intolerantes

Tengo unos vecinos que no aguantan nada. Entiendo que si montáramos escándalos constantemente, estuvieran mosqueados, pero lo que no entra en mi cabeza es que las tres veces en un año –siempre en sábado- que he tenido visita en casa, me hayan llamado la atención en cuanto el reloj ha pasado de las doce de la noche. Como pueden imaginar, no es que en mi casa pongamos la música alta, o contratemos a algún grupo de percusionistas, o nos juntemos cincuenta personas bailando en el salón, ni mucho menos. Me refiero al ruido que pueden hacer dos familias con niños tranquilamente reunidas. Lo curioso del tema es que de estos vecinos me separan dos plantas. Pero todavía me puedo dar por conforme, porque llegaron a denunciar en su día al del cuarto (ellos viven en el primero) por un perro que ladraba de vez en cuando. Les he oído muchas veces protestar por los llantos del bebé que vive en frente, por los niños que juegan en el patio, por la verja exterior cuando alguien entra o sale del edificio, por el sonido de pasos en las escaleras e incluso porque la gente de ducha por la mañana temprano. Es algo fuera de toda lógica. Su intolerancia es terrible y son un grano infestado dentro de la convivencia normal de una comunidad de vecinos.
Creo –y cualquier día se lo digo- que se han confundido de vivienda. Para ser felices, tenían que irse a una cabaña en mitad del monte, muy alejados de cualquier núcleo de población y de cualquier contacto humano. Y pueden dar gracias que vivimos en un barrio relativamente tranquilo. No sé que hubiera sido de ellos si estuvieran en otras zonas más conflictivas de la ciudad.
Cuando cuento estas cosas, recuerdo la vieja historia de aquel señor que estaba dormido. Su sobrino, para gastarle una broma, le untó el bigote con un trozo de queso apestoso. Cuando se despertó, renegó de todo el mundo porque decía que olía mal donde quiera que iba y se enojaba con el que se cruzaba en su camino, sin saber que el problema estaba en él mismo.
La próxima vez que vea a mis vecinos del primero, les recomendaré que se laven el bigote con bien de agua y jabón, a ver si acaso.

jueves, mayo 31, 2012

Cuando fuimos tan crueles

A la hora del recreo, hay siempre un niño solo en el patio. Todos los demás juegan mientras él se refugia en un rincón. Mira a los otros con una mezcla de envida, admiración y vacío, muy quieto, como si temiera ofender a alguien. Tiene nueve años y ya sufre la herida que tendrá abierta toda su vida. Es diferente a los demás y lo rechazan por eso. No se le dan bien las matemáticas, ni la lengua, ni siquiera la gimnasia. Sin embargo, no le falta una sonrisilla en la cara cada vez que alguno le llama por su nombre, aunque sea para burlarse de él.
Lo recuerdo así, paradito, mirando fijamente con aquellos ojos grandes y desproporcionados. Eran principios de los años ochenta y estábamos en cuarto curso. Por entonces las cosas funcionaban de otra forma. Había un profesor al que le gustaba ridiculizarlo delante de todos. Le hacía que se tumbara en el suelo, que saltara, que cantara con su vocecilla aguda, que hiciera el mono... Los demás nos reíamos a carcajadas y aquellos momentos eran los más felices del día en nuestros pequeños y crueles corazones. Ahora me parece que fui cómplice de algo horrible, pero yo era “normal”, como mis compañeros, y había que despreciar al diferente. Existían normas no escritas que justificaban nuestra conducta.
Vergüenza. Ese es el sentimiento que sobrevuela mi cabeza cada vez que algún recuerdo al azar me trae las imágenes de aquel niño que un buen día desapareció del colegio y que nunca más volvimos a ver. Finalmente supimos que sus padres habían aceptado la realidad y se lo habían llevado a otro sitio donde le pudieran ayudar. Por desgracia, del profesor solo conservo su estampa despiadada. No digo que aquel hombre no tuviera también valores positivos, pero jamás me llegaron a calar sus enseñanzas.

domingo, mayo 20, 2012

El miedo

El miedo es el título de uno de los relatos más conocidos del escritor uruguayo Eduardo Galeano. En el mismo describe magistralmente, en apenas cuatro líneas, el sufrimiento de un pequeño conejo de indias al que le abren la puerta de la jaula. Cuando el animalito ve la posibilidad de escapar, le produce tanto terror lo que hay más allá de los barrotes, que se queda quieto, en su sito, temblando.
Los políticos, reforzados por los medios de comunicación, se dedican a pregonar a los cuatro vientos lo mal que van las cosas, el déficit tan tremendo que sufrimos, el número de parados, la falta de solvencia económica, la pobreza... y aún vaticinan tiempos peores. Uno se imagina el futuro a corto plazo como un Apocalipsis terrible.
Si bien es cierto que estamos sumergidos en una grave crisis, parece que unos y otros pretenden usar estos argumentos para justificar cualquier tipo de recortes, de rebajas salariales y de disminución en los derechos sociales que tantos años de lucha han costado conseguir. Infunden miedo en la gente, en el ciudadano de a pie, que se ve al borde de un abismo oscuro y desconfianza en el emprendedor, que no se atreve a dar el primer paso por no hundirse en arenas movedizas. El miedo echa raíces en cada individuo, que a su vez se encarga de contagiar a otros. El temor al futuro nos está encadenando, enjaulando en un presente en el que nos dedicamos a vivir con el espíritu mermado.
En estos tiempos, parece que el cuento de Galeano está más de actualidad que nunca. Somos como el pequeño conejo de indias, que ante el desconocimiento de lo que hay más allá y ante las perspectivas que otros auguran, ni siquiera se plantea dar un paso hacia un nuevo horizonte, hacia un destino que de alguna manera controle.
El miedo nos tiene paralizados y mientras tanto, quienes se aprovechan de las circunstancias, siguen haciendo caja.

jueves, mayo 10, 2012

Elegir

Hay muchas ocasiones en la vida en las que es complicado decantarse por una postura determinada. Elegir un camino condiciona y más cuando uno titubea en la encrucijada, sobre todo si los argumentos de las partes enfrentadas tienen razón. ¿Puede ser algo blanco y negro a la vez? Si entendemos la verdad como relativa, sí.
Me parece que a mi edad, tengo las ideas asentadas, pero sobre esa base más o menos fuerte, se construyen torres de cristal que amenazan con desmoronarse con la brisa más leve.
Hace mucho tiempo —tendría yo unos veinte años—, creía tener unos principios sólidos, asentados sobre rocas firmes. Veía a mi alrededor a mucha gente perdida, sin ese faro que marca con claridad el rumbo a seguir en las noches más cerradas. Pensaba que tenía suerte porque no era como esos pobres naúfragos que buscaban en mitad de la nada un tablón al que agarrarse. Estaba contento con mi forma vivir. Pero habitaba entonces en una isla y no lo sabía. Mi mundo estaba separado de los otros y sin se consciente, había construído mis pilares en terreno volcánico.
Lo que ocurrió después, cualquiera se lo puede imaginar. Primero fue un temblor de tierra, suave, casi inapreciable, luego un latigazo y al final, la temida erupción que arrancó de raiz mis cimientos.
Por eso digo que es tan complicado elegir, porque los principios en los que se fundamenta el pensamiento pueden cambiar con un movimiento bajo los pies. Nadie está exento de esto y de hecho, vemos ejemplos a nuestro alrededor cada día.
Esta reflexión viene a cuento porque he llegado a la siguiente conclusión: me cuesta adoptar una postura determinada. Hay momentos, en los que con toda rotundidad, señalo mi preferencia, pero hay otras muchas veces, en las que no sé por dónde ir. Entonces me siento molesto, porque no solo pienso en mí, sino en lo que los demás pensarán y ahí está mi verdadero dilema y mi error.