jueves, agosto 09, 2007

Piojos púbicos

Una vez tuve una erupción debajo del ombligo. Era una erupción molesta, aunque no demasiado, pero como pasaban los días y no desaparecía llamé a mi padre (es médico) para que me aconsejara. Me recomendó una especie de polvos de talco antierupciones (talquistina, creo que se llamaba) que me aliviaron algo, aunque las molestias no desaparecían. Así que fui a ver a un amigo médico. Me hizo desnudarme, le echó un vistazo y luego observó con una lupa.

- ¿Y qué dices que te estás echando?

- Talquistina. Me lo recomendó mi padre.

- ¿Y has notado mejora?

- Algo, pero no mucha.

- No me extraña. Lo que tienes ahí no es una erupción. Son ladillas.

- ¿Ladillas?, repetí, incrédulo.

- Sí, ladillas. O piojos púbicos, como se les conoce más formalmente. ¿Has estado con muchas mujeres últimamente?

- Pues... no. Y siempre he usado preservativos. ¿Estás seguro de que son ladillas?

- Segurísimo. Y lo de usar preservativo no tiene nada que ver, no evita el contagio. Pero no te preocupes, no es grave y se cura fácil. Yo también las tuve en su momento, son más comunes de lo que la gente piensa. ¿Sabes quién te las ha pegado?

- Creo que sí. ¿Cuanto tiempo hace falta para que se desarrollen?

- Pues depende de muchos factores. Las hembras ponen huevos que tardan de cinco a siete días en eclosionar, y luego otros cinco en desarrollarse. Si no te pegaron individuos, sino sólo los huevos, pues algo más.

- Sólo he estado con una chica en los dos últimos meses.

- Pues entonces ya lo sabes.

Salí de la consulta perplejo. ¿Ladillas? ¿Piojos púbicos? Aún no salía de mi asombro, aunque la tranquilidad de mi amigo y el saber que él también las había tenido me tranquilizó a mi vez. Lo primero que hice fue avisar a la niña con la que había estado. Lo segundo, entrar en una farmacia. Había dos chicas detrás del mostrador.

- Buenos días. Quería algo para los piojos púbicos.

- ¿Dónde los tienes?, preguntó una.

- Ha dicho piojos púbicos, le aclaró la otra.

- Ah, perdona. No te había oído.

Se acercó a la estantería y cogió un bote pequeño.

- Toma esto. Es muy bueno.

Pagué y me fui para casa. Leí el prospecto y busqué información en internet. Al parecer es conveniente utilizar un producto adecuado, a continuación pasar un peine fino para desprender los huevos que estén pegados, y repetir el proceso una semana después, por si ha eclosionado algún huevo remanente. Y conviene también lavar toda la ropa y las sábanas que hayan estado en contacto con la zona, ya que aunque los individuos no sobreviven más de 24 horas fuera del cuerpo que los acoge, siempre conviene tomar precauciones extra. Hablando de precauciones, efectivamente el uso de preservativos no los detiene. La única protección posible es la abstinencia sexual, y ni eso, ya que también se contagian si usas ropa contaminada de otra persona o durmiendo en sus sábanas. Ahora que lo pienso, mucha gente duerme en mi cama, así que igual se me pegó de esa manera, ya que mi pareja en ese tiempo nunca llegó a tenerlas, ni tampoco se las pegué yo. Y, efectivamente, son más comunes de lo que la gente cree.

De esta historia saqué como mínimo tres conclusiones. Una, que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, y normalmente en el menos oportuno. Dos, que el conocimiento que podamos tener de algo, por muy imbuido que esté en nuestro cerebro y en nuestra piel, puede cambiar completamente en cuanto nos informemos un poco. Y tres, que es muy arbitrario el juzgar a la gente. Antes de esto relacionaba las ladillas con falta de higiene e irresponsabilidad. Ahora lo que creo es que, si me ha pasado a mí, le puede suceder a cualquiera.

martes, agosto 07, 2007

Mañana (del musical Annie)

domingo, agosto 05, 2007

El tipo del pub.

Estoy en el Pub que hay cerca de la residencia Varsity House, a un par de manzanas de Newstreet. Llevan cocinando el cordero que he pedido por lo menos una hora. Casi he terminado mi lemonade, que es algo así como un vasito de casera con sabor a limón...
Por fin, aquí está el cordero. No sabría describir el aspecto de todo lo que hay en el plato, pero huele muy bien.
Esta pub es muy agradable, la gente habla bajito, la música es fantástica y la conexion wireless hace el servicio aunque no sea muy rápida.
Frente a mi mesa hay dos tipos sentados. Uno de ellos es un dios. Los ojos claros y los dientes de perlas. Una sonrisa preciosa y una voz masculina que llega a mis oidos filtrada por la música y el ruido de la máquina de café. Nos hemos mirado un par de veces. No creo que hablemos. Pero mientras como algo será un visión excelente. Está claro que todo en Cambridge es absolutamente bello. Incluso las personas.

Honestidad

Os dejo una historia, de las que van navegando por estos mares de internet, sobre el valor de la honestidad.

Se cuenta que allá para el año 250 A.C., en la China antigua, un príncipe de la región norte del país estaba por ser coronado emperador, pero de acuerdo con la ley, él debía casarse. Sabiendo esto, él decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver quién sería digna de su propuesta. Al día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración especial a todas las pretendientes y lanzaría un desafío.

Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento profundo de amor por el príncipe. Al llegar a la casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que ella quería ir a la celebración. Sin poder creerlo le preguntó: "¿Hija mía, que vas a hacer allá? Todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no hagas que el sufrimiento se vuelva locura" Y la hija respondió: "No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad de estar por lo menos por algunos momentos cerca del príncipe. Esto me hará feliz"

Por la noche la joven llegó al palacio. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones. Entonces, finalmente, el príncipe anunció el desafío: "Daré a cada una de ustedes una semilla. Aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses será escogida por mí, esposa y futura emperatriz de China"

La propuesta del príncipe seguía las tradiciones de aquel pueblo, que valoraba mucho la especialidad de cultivar algo, sean: costumbres, amistades, relaciones, etc. El tiempo pasó y la dulce joven, como no tenía mucha habilidad en las artes de la jardinería, cuidaba con mucha paciencia y ternura de su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría que preocuparse con el resultado. Pasaron tres meses y nada brotó. La joven intentó todos los métodos que conocía pero nada había nacido. Día tras día veía más lejos su sueño, pero su amor era más profundo. Por fin, pasaron los seis meses y nada había brotado. Consciente de su esfuerzo y dedicación la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas sólo para estar cerca del príncipe por unos momentos.

En la hora señalada estaba allí, con su vaso vacío. Todas las otras pretendientes tenían una flor, cada una más bella que la otra, de las más variadas formas y colores. Ella estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella. Finalmente, llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención.

Después de pasar por todas, una a una, anunció su resultado. Aquella bella joven con su vaso vacío sería su futura esposa. Todos los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué él había escogido justamente a aquella que no había cultivado nada. Entonces, con calma el príncipe explicó: "Esta fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz: la flor de la honestidad. Todas las semillas que entregué eran estériles"

sábado, agosto 04, 2007

Belleza efímera. Concepto eterno


Eclipse de mar


miércoles, agosto 01, 2007

La casa vieja

La casa está vacía. Durante años estuvo habitada, pero ahora, duerme en la calle con un eterno y descolorido cartel de “se vende” colgando, con descuidados alambres, de uno de sus balcones. Su estado deja mucho que desear. Sus muros, antes de blanca cal ahora están sucios y descascarillados. Las tejas aparecen invadidas de hierbajos y restos mugrientos acumulados con el paso de las estaciones (hojas de varios otoños yacen en el mismo sepulcro). El canalón, que recorre de parte a parte la fachada, en peligroso equilibrio, amenaza con caer. Las ventanas del piso superior, con los cristales rotos y los marcos desencajados muestran su abandono más vergonzoso. La puerta principal, de madera basta, deja ver, sin escrúpulos, las diversas capas de pintura recibida a lo largo de los años, y las barandillas y el resto de elementos metálicos se deshacen lentamente en óxido áspero y rojizo. En el interior, las sombras reinan por todos los rincones y la humedad, en un acto de crueldad, trepa por las paredes hinchadas y agrietadas. El moho brota por las hendiduras, como heridas abiertas, sangrando un verdeazulado néctar de vida que es muerte.

La imagino hace cincuenta años, o quizás muchos menos, cuando llena de vida, rebosaba luz. Niños correteando por pasillos largos, el olor a puchero en la cocina -guisos antiguos- donde el barro y el fuego hacían todo el trabajo. Una mujer afanada en limpiar y en hacer la comida y en mantener cada rincón con una pulcritud exquisita. Cierro los ojos y veo el calor de la chimenea en los inviernos largos y las eternas tardes de siesta, en las partes más fresca y sombrías, en los veranos cálidos. Sonido, ruido, color, luz y vida, sobre todo vida.

Desde la fachada no se ve, pero hay en el interior un patio, no muy grande, pero sí generoso de vegetación. Ahora está en pleno abandono, ocupado por malas hierbas que ahogan las últimas ramitas de lo que fue un jardincillo cuidado. En el centro, un naranjo, que ahora sin podar, sigue dando su fruta a imaginarios habitantes. Las naranjas que caen se pudren, hasta la inexistencia, perdidas en un mar de desechos y olvido.

Me pregunto cuándo salió su último habitante. Supongo a un anciano o anciana, último morador, sumido en las sombras, viendo cómo el tiempo lento, se le va a cada segundo, y sintiendo, como la vida, se escapa deprisa, aun con la agónica monotonía de los días grises.

Luego, el último de los heredero, sin ganas de hacer resurgir el antiguo esplendor de la casa, se la deja ir, y la venderá al mejor postor, a quién deseé volver a hacerla renacer o a quién la quiera solamente por el solar que ocupa. Entonces, cualquier constructora la comprará, para derribarla y hacer en su lugar algún feo edificio que desentone insultantemente con el resto de la calle, con el resto de las casas, que aunque viejas, conservan la vida en su interior más íntimo.

Dejará de existir y con los últimos escombros, se desvanecerá la propia historia, la ilusión desmedida de los primeros habitantes, las alegrías y los nacimientos, las enfermedades, la muerte, el abandono, la esperanza y , por supuesto, la vida.


Víctor M.
agosto 2007

lunes, julio 30, 2007

Monicca (y III)

(continuación de este relato)

La brisa era fresca, y Monicca llevaba una camiseta de tirantes. Le ofrecí mi camiseta de manga larga.

- ¿Tú no vas a tener frío?

- De momento no.

Bajamos la calle despacio, disfrutando el momento.

- ¿Sabes?, le dije, hay una conexión increíble entre nosotros y mucho feeling, pero percibo algo, como una disonancia, que no sé qué es ni me incumbe, pero es como si hubiera algo ahí... a veces tienes los ojos tristes.

- Bueno, acabamos de conocernos, y yo tengo una historia por ahí, que te contaré algún día, de la que estoy intentando salir... dudó, es que es un poco complicada.

- Nada, no te agobies. Ya surgirá el momento, si es que surge, para que me cuentes tus temas.

Seguimos bajando la calle abrazados, en silencio.

- Mira, dije señalando hacia arriba, ¿ves esos balcones? Ésa es mi casa.

- ¿Ah, sí? Qué bien situada.

- Sí, esto es como un pueblo pequeño. Y hay unas vistas cojonudas.

Llegamos al jardín.

- Menos mal, de lejos pensé que estaba cerrado.

- Estás ciego, rió.

- Ciego no. Sólo un poco miope.

Entramos. El parque estaba vacío. Las dalias eran rojas, moradas, azules y amarillas. Monicca pasó su mano sobre ellas.

- Qué bonitas. Pero no huelen.

Pasé mi mano también por encima.

- Aquí la flor más bonita eres tú.

- ¿Sabes que me gustan mucho los piropos?

Nos acercamos a la iglesia. Monicca se subió a una piedra para oler más dalias al fondo. La abrazé por detrás. Se dio la vuelta y me echó los brazos alrededor del cuello.

- ¿Pero tú de dónde has salido?

Me besó de nuevo. Bajó y caminamos hasta el fondo del parque. Se apoyó en la barandilla. Volví a abrazarla por la cintura. Olí su cuello y su pelo. Contemplamos la luna, en silencio. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

- ¿Tienes frío? ¿Quieres tu camiseta?

- No, no hace falta, pero mejor si nos vamos yendo.

Salimos del parque y cruzamos el semáforo. Dejamos mi casa a la derecha.

- Te diría que te subieras a casa a fumarnos un porro y tocar el didgeridoo, pero es que me apetece estar en la calle.

- Kike... no estoy muy segura de querer subir esta noche a tu casa...

- Pues, si no estás segura, lo mejor es que no subas. Sonreí. Pero, de todas formas, estaría de puta madre pasar la noche contigo.

- Eso es muy bonito..., dudó un momento, antes de continuar, ¿tú a qué hora te levantas?

- A la misma que tú.

- Yo tengo que estar a las 9 en Atocha.

- Pues mañana a las 9 te dejo en Atocha.

Llegamos al Tío Timón.

- ¿Me dejas que te invite?

- Por supuesto.

- ¿Qué quieres?

- Un zumo de piña.

- ¿Un zumo de piña?, preguntó, arqueando una ceja.

- Sí, contesté. Es que quiero ser consciente del momento.

Sonrió y fue a pedir. Fui tras ella. No quería separarme ni un instante.

- Sólo tienen de naranja y de melocotón. ¿Cuál prefieres?

- ¿Tú qué vas a pedir?

- Otro zumo

- Pues si te parece, pedimos uno de cada, y los compartimos.

Apareció Cuca. Estaba más delgada.

- Hey Cuca, qué tal.

- Hola, cuanto tiempo.

- He andado algo ocupado. Mira, ésta es Monicca. Monicca, Cuca.

- Hola.

- Encantada.

- ¿Os atienden?

- Sí, gracias, ya hemos pedido.

- Bueno, pues si necesitáis cualquier cosa, me lo decís.

Salimos a la calle. Comenzó a llover de nuevo.

- Chicos, no se pueden sacar bebidas fuera.

Nos quedamos en la entrada hablando y riendo un rato. Se hacía tarde. El melocotón sabía dulce.

- ¿Cambiamos? Bebí del otro vaso. El problema de alternar uno con otro, dije, es que, después del melocotón, la naranja sabe insípida.

- Eso es porque hay que mezclarlas. Monicca cogió los dos vasos y los juntó en uno. ¿Ves? Mucho mejor.

Nos miramos en silencio.

- ¿Nos vamos a tu casa?

- Cuando quieras.

Dejé los vasos en la barra y nos fuimos. Llegamos a mi portal y subimos. Cinco pisos fatigan, para quien no esté acostumbrado.

- Sí que es verdad que hay una vistas preciosas.

- Sí, el piso está muy bien. ¿Quieres beber algo?

- Sólo un vaso de agua.

Fuimos a la cocina. Por el pasillo cruzó Sergio.

- Ése es mi compañero de piso.

Monicca me abrazó del cuello y me besó.

- Quiero estar a solas contigo, me susurró al oído.

- Ahora mismo, contesté.

Fui para mi habitación y encendí el ordenador. Monicca me miró con aire interrogador.

- Estoy poniendo música.

- Informáticos. Una vez me lié con uno y dije, '¡nunca más!'

Se dejó caer perezosamente sobre el colchón. Encendí algo de incienso.

- ¿Tienes algo para ponerme?

- Algo hay, por ahí.

- No lo necesito, siempre duermo desnuda, pero como es tu habitación, pues no sé...

- Ah, mejor entonces. Yo también suelo dormir desnudo.

Me desnudé y me metí en la cama. Nos abrazamos. Su cuerpo temblaba ligeramente bajo las sábanas.

- Vamos a dormir, ¿no?, dijo al tiempo que me besaba.

- Sí, claro, a dormir.

Le devolví el beso. Su piel blanca se pegaba a la mía. Mi sexo dolía como si fuera la primera vez.

Besé su cuello y un leve suspiro se escapó de sus labios.

Recorrí con mi boca todo su cuerpo, me hundí en su mar de cristal y, saturado de su olor, me sumí en la inconsciencia.

Sonó el despertador. Abrí los ojos y ella seguía allí, a mi lado.

- Buenos días, princesa, dije, besando su frente.

- Bueeee...eenos díííías... respondió con los ojos aún medio cerrados. Me has abrazado toda la noche...

- ¿Es una pregunta, una afirmación...?

- Una afirmación. Qué guay.

- Es que no quiero que te me escapes.

Sonrió, al tiempo que se desperezaba.

- He dormido muy bien. ¿De qué es la cama?

- De goma espuma. ¿A que se duerme estupéndamente?

- ¿De goma espuma? Pues es verdad que se duerme bien. Pensaba que era de éstas... sintéticas.

- No, que va, esto es de una tienda aquí al lado. Lo más ancho es 1'80, en blando, medio y duro. Éste es el duro, de 1'80 x 1'80. Así puedes dormir del lado que quieras.

- Yo he dormido super a gusto. Se incorporó y se sentó en la cama. Las curvas de su cadera se acentuaban sobre el borde del colchón. Y el cojín es también una pasada. ¿Dónde compraste el relleno?

- También en otra tienda, cerca. Fui a comprarlo y dije: 'quiero relleno para un cojín con el que se folle bien'.

Volvió a sonreír y me miró con sus pestañas infinitas.

- ¿Te apetece... commo dicci, 'echar un polvo'? No me gusta, ¿no hay otra forma de decirlo?

- Echar un casquete.

- ¡Ja...! ¡Sí hombre... pues eso...! Que si te apetece 'echar un cahquete...'

A las diez de la mañana la dejé en Lavapiés. Quería pasarse por su antiguo piso, recoger algo de ropa...

- Que tengas un buen día, preciosa.

- Tú también. Tengo que resolver un asunto esta tarde, cuando acabe te llamo.

- Estupendo. Podemos ver una peli tranquilos en casa, o salir, o lo que tú quieras.

- Vale, me apetece.

- Que, me lo he pasado de puta madre. Todavía estoy alucinando.

- Yo también. Me has hecho mucho bien.

- No más que el que tú me has hecho a mí.

Nos besamos de nuevo antes de que se bajara.

- Te llamo luego.

- Venga.

La vi alejarse calle abajo. Mientras arrancaba le dije adiós con la mano, y me fui a trabajar.

Al llegar al trabajo le envié un mensaje, 'Ya te estoy echando de menos'. Me contestó que ella también. Pasé el día como un niño con zapatos nuevos. Que fuera todo tan fácil, que hubiera tanta conexión, que nos compenetráramos tan bien... Yo estaba alucinando. Pasé todo el tiempo como en una nube.

A las 6 de la tarde sonó el teléfono. Era Monicca. Parecía triste.

- ¿Qué te sucede?

- Nada, lo que te conté ayer, mis historias... ¿dónde estás?

- En el trabajo.

- ¿Todavía?

- Sí, pero termino un par de cosas y te llamo. Dame una hora.

- Vale, te espero.

Lo solucioné todo en 30 minutos. Cogí el móvil y marqué su número. Tras un tono, cortaron la llamada. Qué raro, pensé. Debe estar medio dormida. Así que cogí el coche y me fui para su zona, aunque no sabía exáctamente dónde vivía.

Al llegar paré el motor y volví a llamarla. Su voz sonaba preocupada. Me dijo que ese día no podía verme. Que estaba sentada en el salón y que necesitaba estar sola. Que ya me llamaría. Y colgó.

Arranqué el coche y me fui para casa.




Ha pasado ya algún tiempo, y no he vuelto a saber de Monicca: igual de rápido que vino, desapareció. Sé que no puedo quejarme, y aunque me quejara, ¿de qué serviría? Lo cierto es que cada momento que me regaló fue maravilloso, y a pesar de que durante un tiempo, y aún hoy en día, a veces, cuando hago cosas, me imagino que está a mi lado, ver una peli, pasear por el parque, tocar la guitarra, y lo paso mal, todo lo compensan los escasos instantes que pasamos juntos. De vez en cuando vuelvo al jardín de dalias, y la veo de nuevo subida en la piedra, o apoyada en la barandilla; entonces recuerdo que la felicidad es posible, aunque sea sólo por una noche. Quién sabe, igual algún día el cosmos se ponga de nuestra parte y volvamos a encontrarnos en circunstancias más favorables. Mientras tanto, sólo me queda recordarla, agradecer el bien que me hizo, y desear que se encuentre a gusto, donde quiera que esté.


viernes, julio 27, 2007

El faro desafiante

sábado, julio 21, 2007

El país de las maravillas.

Soy una persona liberal conservadora que practica la religión judeocristiana (no he dicho católica). Mucha gente simplifica mi visión de la realidad llamándome "facha" y cosas por el estilo, pero yo ya no suelo darle importancia. Simplemente, no me conocen y no se han parado a hablar tranquilamente conmigo de mi ideología, que dista mucho de lo que se denomina fascismo, socialismo, nacionalsocialismo o todo lo que implique una visión radical del mundo.
Afortunadamente, unos de mis hobbies es estudiar otras culturas y religiones, acercándome a la concepción de la vida que tienen otras personas de bien, ya que las malas personas no son malas por su ideología sino por sus acciones y por su corazón. A estas últimas procuro evitarlas y lucho a diario para no volverme como ellas. Sigo la célebre frase de Jesús que todo cristiano conoce: "ve a un pueblo y difunde la Palabra, si te aceptan quédate, si no sacúdete hasta el polvo de tus sandalias".
En Andalucía, que es donde vivo, la mayoría de la gente se hace llamar con orgullo "rojo" y progresista (cosa que yo respeto), y tienen bastante tendencia a llamar facha a todo lo que se mueva y no piense como ellos (eso ya me fastidia más), pero es sorprendente hasta que punto algunos que van de progresistas e intelectuales resultan cerrados de mente e hipócritas.
Y todo esto viene a colación de una triste experiencia que tuve el otro día en un bonito pueblo andaluz que se llama Mazagón.
Estaba yo sentada con mi madre en una terracita de una heladería hablando de cosas mundanas, por ejemplo, de la desgracia que tengo, según mis amigas, de que en las discotecas o pubs los hombres más feos se me acerquen. No me importa lo guapos o feos que sean, pues no aspiro a conocer a nadie interesante en medio de un lugar lleno de humo, con la música a todo volumen.
El caso es que a mi lado, en la puerta de otro establecimiento estaban sentados un chico español de unos 25, y otros dos de origen probablemente rumano de unos 30. En el medio de la placita había 4 inmigrantes negros sentados en un banco.
Por un momento mi madre y yo nos quedamos en silencio y me da por escuchar la conversación del español y los dos rumanos. El español, andaluz y chulapo, les dice sin cortarse un pelo a los rumanos: "yo a otros vale, pero a los negros... Esos que ni se acerquen". Los rumanos le llaman racista y se ríen. De repente, me da un vuelco el estómago y me avergüenzo de la actitud del andaluz, uno de los muchos que presumen de ser graciosos, progresistas y tolerantes.
Sé que la mayoría son buena gente o al menos eso deseo, pero algunos son tan hipócritas, tan racistas y tan machistas...
Para más inri, el chaval se vuelve a mí y me dice: "te voy a dar un consejo para cuando un tío feo se te acerque..." Yo flipando, mi madre también. El tío continua: "...cuando se te acerque un feo dile que tienes novio". Y le contesto: "tengo novio". Y me dice: "no pero tú di que tienes novio para que no se te acerquen los feos". Y le repito: "es que tengo novio. O ¿qué quieres? ¿que te diga que eres feo?". El tío se da cuenta de que yo, lo del novio, lo decía irónicamente. Y me contesta: "a lo mejor es verdad que soy feo". Y sin poder reprimirme le espeto: "el problema no es que seas feo, es que además me molesta la gente tan racista que odia a los negros". A lo que contesta: "es que yo no odio a los negros". Mantengo una mirada de "sí, claro y lo de antes que era?" que hace que el tío se levante y se vaya, mirándome con ojos de odio.
Y yo vuelvo a avergonzarme de la actitud de mi compatriota.
Lo que más me apena es que es una actitud que he visto a menudo en gente que va de guay y de tolerante. Debajo de esa capa de seguidismo intelectualoide, subyace una costra de odio a lo diferente, de subestima a otras ideologías, de hipocresía y de radicalidad.
He tenido la oportunidad de observar el mundo a través de los ojos de gente de otros continentes. A través de los maravillosos ojos azules de un buen amigo negro que me contaba sus vivencias de cuando vivía en Guinea. A través de una alumna musulmana que no entiende por qué en España, y más concretamente por estos lugares, la gente la mira raro porque se pone velo. A través de un musulmán senegalés que me explicaba que el Islam promueve el amor al otro.
Todos tenemos que sufrir ser señalados por la radicalidad de las minorías. Si un sacerdote es un pederasta, todos los cristianos son puestos en el punto de mira, cosa que no les ocurre a los profesores, informáticos, hombres casados o niñeros, aunque de esos gremios también haya tantos o más pederastas.
A los musulmanes se les acusa de terroristas, a los judíos de genocidas, a los conservadores de fascistas... Es triste ver como se generaliza dentro de nuestra sociedad, mientras debajo de nuestro disfraz de país tolerante y libre se esconde la censura a la prensa por determinados dibujos que tienen que ver con nuestra monarquía, se justifica a los asesinos y se crucifica a las víctimas, se buscan explicaciones cuando muere un español que se cae de un andamio, pero no cuando 70 inmigrantes negros que están siendo rescatados se ahogan. Un país donde un tercio de los jóvenes fracasan en los estudios, donde se matan mujeres cada día y aún nos congratulamos de tener leyes de discriminación positiva, donde más cocaina se consume.
Nos felicitamos de los que parecemos ser; y deberíamos avergonzarnos de lo que realmente somos. Porque sólo siguiendo el camino de la autocrítica podremos llegar a ser buenos ciudadanos.