martes, septiembre 11, 2007

La última cena

Se están portando bien. No puedo decir lo contrario. Me han ofrecido para cenar lo que quiera. Por un momento se me ha pasado por la cabeza pedir tallarines a la boloñesa, mi comida favorita. Un gran plato de jugosos tallarines, con su tomate y su abundante carne, regado todo ello por un vino tinto suave. Inmediatamente viene a la cabeza la figura de mi madre, su sonrisa bondadosa, su cariño... y no puedo soportarlo. En esos momentos lo que menos quiero en mi mente y en mi corazón es el recuerdo de los míos, y menos, mucho menos de mis padres. Quiero que esas horas previas al desenlace sean aséptica, sin recuerdos, sin historia y por supuesto sin los fantasmas del pasado que en las últimas semanas no me han dejado dormir.

Finalmente pido un par de yogures. Me insisten amablemente en que solicite cualquier cosa que me apetezca, pero en estos momentos ya no deseo nada. Mi hambre y mis ganas de seguir viviendo se evaporan entonces en el mismo instante. Suplico, con toda la educación que puedo, que respeten mi decisión, y así lo hacen. Me traen dos yogures y apenas llevo a mis labios un par de cucharadas, grandes arcadas me sobrevienen. Tengo que correr al váter, y allí vacío lo poco que queda en mi estómago. Mi boca se llena de amargos jugos, como las amargas horas que me tocan vivir. Las náuseas no cesan y el dolor de estómago se hace tan intenso que me doblo sobre mi. Entran para ayudarme. Intentan ponerme en pie, pero me siento mareado, muy mareado. La paradoja de la preocupación por mi estado de salud, me hacen reír, en mi mente, porque mi cuerpo está lo suficiente maltrecho ahora como para no demostrar ni la más irónica y escondida de las muecas.

Me tumban sobre la cama. La cabeza me sigue dando vueltas y me ofrecen un calmante ("para que pases bien la noche"). Es curioso el grado de humanidad que despierta un hecho tan inhumano como quitar una vida. Rechazo las pastillas, prefiero pasar esta noche, al menos, consciente.

No soy inocente, y nunca he sollozado suplicando perdón como lo he visto hacer a tantos otros criminales. Tengo aún dos dedos de frente para saber que solo soy merecedor de mi propia suerte, pero ahora, en este último momento, reconozco un miedo atroz. Pienso en la no existencia que me espera, en el momento de la muerte y cómo, superada la barrera de la vida, se disiparán para siempre las preocupaciones, los problemas, el dolor y la propia maldad. En realidad, creo que no debo preocuparme por nada, y sin embargo, ahora vienen a mi memoria de nuevo mis seres queridos. Los imagino fuera, en la intemperie, aguantando la lluvia de las últimas horas, mojados y muertos de frío, agarrados a una imposible esperanza. Pienso ahora que la condena no ha sido para mi sino para ellos. Mi daño, el dolor que he desatado no lo estoy pagando yo realmente. Son ellos los que arrastran su pena, son ellos los que han destrozado su vida, son ellos, los que en realidad, están pagando con su sufrimiento todo mi mal. En ese mismo instante, deja de tener sentido mi condena. ¿A quién se castiga?. ¿a mi?. Mañana a estas horas no sentiré nada absolutamente, no seré nada, no sufriré... Pero los que quedan, los que me sobrevivan y aún guarden en su corazón un trozo de mi recuerdo, seguirán llorando cuando el sol se ponga de nuevo.

* * * * * * * *

El amanecer llega lentamente, tras una noche larga, muy larga, en la que no he pegado ojo. Me he arrepentido de no haber tomado los tranquilizantes. Hubiera sido todo más rápido. Esta vigilia eterna no ha servido más que para hacer que mi sufrimiento se haga más profundo y agudo.

Recibo con agrado la visita de un sacerdote. Hace años que olvidé las oraciones que me enseñaron mis padres, pero guardo aun el respeto suficiente a ese viejo Dios, como para permitir a mi lado a uno de sus emisarios en esta podrida Tierra. Charlo con él abiertamente y comparto mis reflexiones. Se limita a escucharme. Ya nada tengo que ocultar y muestro mi alma desnuda y transparente, descargando el peso de mi culpa en las palabras, pero no la angustia que me ahoga. Ahora sí me lamento, y llego a sollozar y me acuerdo de otros compañeros que pasaron por este mismo trance, ahora mi arrogancia se ha desvanecido y soy más humano y vulnerable que nunca: "Voy a morir y sólo tengo treinta años". "Voy a morir por algo que hice hace más de ocho años". "¿Esto es una condena o una venganza atroz?". "¿Se puede rectificar un daño haciendo aún más daño?". "¿Se puede compensar a una familia rota destrozando a otra familia inocente?". "¿De qué sirven estas preguntas, para alguien que va a morir en menos de media hora?". Mis ojos están llenos de lágrimas. El sacerdote se limita a poner su mano sobre mi hombro, en un gesto que intenta animarme y transmitirme resignación y consuelo. Pero ahora estoy desesperado. Le oigo murmurar una oración. Me bendice y se marcha. Me quedo solo un instante que me parece un mundo. Todo está ralentizado diabólicamente. Todo es tan lento.

No aguanto la soledad en este momento de angustia espantosa y de dolor sin límite. Tanto es así, que casi agradezco la presencia de la visita que recibo. Es la muerte encarnada en tres funcionarios que me van a acompañar a dar el último paseo de mi vida. No son los que siempre han estado trabajando con nosotros y apenas los conozco de vista. Supongo que evitan en estos momentos cualquier vinculación emocional. Me parece muy oportuna la medida. De esta forma es todo mucho más diáfano y ningún sentimiento se puede interponer en el inevitable camino a seguir.

Me pongo en pie y me dirijo por el pasillo hasta la estancia maldita donde me espera el final. Las piernas me tiemblan y apenas puedo caminar con firmeza. Dos de los vigilantes, comprensivos, me llevan casi en volandas por los brazos. Saben por lo que estoy pasando, o al menos lo intuyen, y me ayudan a dirigirme al patíbulo.

Ha sido todo muy rápido. Lo lento de las horas precedentes ha desembocado en una ráfagas de pequeños hechos que me llevan ahora a estar tumbado con los brazos extendidos y atados con unas correas de cuero y una aguja clavada en mis venas. Ya no siento nada. Ni arrepentimiento, ni pena por los que atrás dejo. Absolutamente nada.

Oigo la orden y veo como el líquido pasa a través del catéter encharcando mis venas. Me entra un sueño terrible. Me pesan los párpados. Sé que no despertaré y sé que con mi muerte, no se remediará nada, absolutamente nada.


(v.m.j.a.) 10/sep 2007

domingo, septiembre 09, 2007

Los tíos sois muy estúpidos; nunca os dais cuenta de nada

La noche que me lié con Anne habíamos ido a bailar salsa a un garito de Huertas. A mí ella me gustaba desde el principio, pero cuando me dijo que tenía novio me relajé y me dediqué a disfrutar de su compañía los dos meses que pasó en Madrid. Pero esa noche, ya en sus últimos días por aquí, me di cuenta de que podía haber algo; no recuerdo muy bien si fue bailando, quizás percibí algo de forma inconsciente, lo que sí recuerdo bien es que al dejar el bar cogí su mano con la excusa de abrirnos paso entre la gente; ella presionó algo más de lo normal, y ahí sí que me dije, vaya; llevamos a Xosé a casa, nos besamos y nos fuimos a la mía.

Lo interesante es que la noche anterior también fuimos a bailar salsa al mismo club, y también acabamos tres personas en mi coche. La diferencia es que, en vez de Xosé, estaba Yolanda. Cuando hablamos de a quién dejaba primero, Yolanda insistíó en la dejara primero a ella y luego llevara a casa a Anne; yo no entendía por qué, ya que a mí me venía mejor el orden inverso y tirar después directamente a casa, que es lo que al final hicimos. Pues bien, al pasar el tiempo y hablando del tema Anne me comentó que esa noche en concreto, mientras Yolanda y yo discutíamos a quién dejar primero, ella pensaba: 'que deje a Yolanda primero, que deje a Yolanda primero'; y con la retrospectiva que da el tiepo y lo que sucedió a posteriori, he pensado que quizás Yolanda percibió el deseo de Anne, o la atracción que existía entre ambos, y estaba intentando echarnos una mano.

Yo por supuesto no me di cuenta de nada, y he recordado esta situación porque recientemente una amiga pronunció la frase que da título a este post: Los tíos sois muy estúpidos, nunca os dais cuenta de nada. El sexto sentido femenino, o como queráis llamarlo.

viernes, septiembre 07, 2007

El espejo

No la he vuelto a ver en el espejo
se ha difuminado lentamente
se ha difuminado ciertamente
lejos, muy lejos...
Hubo un tiempo en que siempre estaba enfrente
cuando la vida era gris
cuando la vida era así
de diferente, tan diferente...
Quizás eche de menos su forma de mirar
profundamente herida
profundamente decidida
a cambiar, cambiar...
para permitir que me reconozca.

martes, septiembre 04, 2007

La nueva estación

- Qué paz tan grande se respira ahora. Después de la lluvia, todo ha quedado tan tranquilo, tan pausado, tan limpio y tan sereno. Me encanta el ambiente que queda. ¿Sabes José?.
- A mi también. Este olor a tierra mojada... tan fresco. He dejado las ventanas abiertas, para que el bochorno se marche y entre este aire tan rico que ha quedado. Luego, un poco más tarde, saldré a la calle.
- Llévate algo de manga, que en este tiempo, se pasa del airecito al frío en un momento.
- No te preocupes que eso haré.
- Esta tormenta me ha librado de regar hoy en el patio, pero tengo que salir a limpiar todas las hojas que han volado, no sea que se atasque el sumidero y nos llegue el agua hasta aquí.
- No exageres mujer, que no es para tanto, en fin, tu haz lo que quieras.
- Sí, porque si no tuviera yo cuidado del patio, estaría totalmente salvaje.
- Tu fuiste la que te empeñaste en tantas plantas y flores, ya te dije que darían mucho trabajo.
- Bueno, pero así también me entretengo.
- Entonces no te quejes que sarna con gusto no pica. Ahora salimos los dos y en un momento lo limpiamos.

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- Ves como no es para tanto. Cuatro hojillas por aquí tiradas y poco más. Ten cuidado no vayas a resbalar que la piedra está muy mojada.
- No resbalo, por la cuenta que me trae.
- Bueno, bueno, luego no digas que no te he advertido. Es que esas zapatillas de andar por casa no son para salir al patio y menos después de la lluvia.
- Pues son muy cómodas y no creas, que la suela de goma no resbala nada. Además, como tengo los pies últimamente, no me puedo poner otra cosa. Anda, vete a dar el paseo antes que se haga más tarde, ya recojo yo estas cosas.
- Vale, me marcho entonces, que luego se va el poco sol que ha quedado y hay que salir pitando.
- No te olvides de llevarte una chaqueta.
- Que no me olvido, mujer. Hasta luego.

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- Qué rica está la sopa de ajo. Hoy con la tormenta, el fresquito y tu que has hecho esta sopita, que además se apetece, bien parece que el verano se ha acabado.
- Es que estamos a tres de septiembre, y después de este agosto tan poco veraniego que hemos tenido, el otoño se ha adelantado. ¿Se nota que la gente ha terminado ya las vacaciones?
- Pues sí. He subido hasta el centro y la verdad es que se nota el movimiento de coches, las prisas. Ah y los estudiantes, que ya están aquí para los exámenes de septiembre. Hay universitarios por todos lados.
- Bueno, estas son las cosas que dan vida a la ciudad, que se pasa el verano medio muerta.
- En eso mujer, tienes razón. Por cierto, ¿qué ponen hoy en la tele?
- Pues basura, como siempre. ¿No lo has visto en el periódico?, entre reposiciones de series pasadas de moda, concursos horteras y películas baratas, no hay nada de nada. Y luego están los anuncios, vamos, que ponen quince minutos de película y veinticinco de publicidad.
- ¡Es lo que más asco me da! No se puede ver nada decente. Bueno siempre nos queda ver algo que tengamos grabado.
- Hoy, no tengo yo muchas ganas de ver nada en la tele.
- Pues mejor, así nos acostamos tempranito, que esta noche, seguro que hace fresquito y vamos a dormir muy bien.

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- Hasta mañana amor.
- Hasta mañana cielo.

3 / septiembre / 2007
v.m.j.a.

jueves, agosto 30, 2007

Tras el Lago Gris

Sigo mi camino
buscando el Lago Gris.
La oscuridad quedó
adherida a mi piel.
Hace mucho tiempo ya
que mis ojos
olvidaron
las preguntas, las respuestas.
Hace mucho tiempo ya.

Sigo mi camino
la Torre ya está aquí.
La soledad
devino
mi amiga más fiel.
Hace tanto tiempo ya
que he perdido
mi camino
y olvidando mi destino
hoy he vuelto a recordar.

La tiranía de los nombres propios

¿Por qué los nombres propios tienen género? Que el médico que me va a ver mañana se llame Antonio o Eva, ¿qué me aporta? Ahora mismo dos cosas: una, un nombre con el que dirigirme a él/ella, y dos, su género. Y digo yo, ¿para qué me interesa a mí si el médico que me va a ver mañana es hombre o mujer (para los que estén ya diciendo 'hombre, por temas de pudor, etc.,', de acuerdo, pero ése no es el tema, cambiad médico por juez, arquitecto o policía)?

He quedado con un amigo la semana que viene. Viene con otras dos personas: Eva y Antonio. ¿Qué me aporta a mí saber cómo se llaman? Por supuesto, ahora sé que una de ellas es una chica y otra es un chico, pero, ¿es siempre necesaria esa información en todas las situaciones?

Rotundamente NO. El que el nombre de pila indique el género es totalmente sexista, no por el hecho en sí, ya que claramente el lenguaje está para aportar información, y cuanta más aportemos con menos palabras mejor cumplirá su función, pero creo que el hecho de aportar esa información extra es en la mayoría de los casos innecesaria y a lo único que contribuye es a que asociemos unas características sexistas a una persona antes de conocerla, entendiendo por características sexistas prejuicios asociados a un género a lo largo de la historia. En el 90% de los casos, conocer el nombre de alguien debería servirme únicamente para tener un elemento con el que referirme a él. Si me interesa alguna otra cosa (edad, profesión o sexo) siempre puedo preguntarlo a posteriori.

Frases bomba

A veces me sucede que conozco a una chica, hablo un rato con ella, es simpática, agradable, me resulta atractiva, y de repente, bum, suelta una perla de esas que te piensas que es de coña, hasta que insiste en el tema y automáticamente pierdo el interés. ¿Os ha sucedido? Seguro que hay frases u opiniones que, puestas en labios de vuestra potencial pareja, hacen que ese potencial desaparezca por completo y que vuestra líbido se reduzca a niveles mínimos. Dejo este tema abierto para que aportéis vuestras 'opiniones autoeliminatorias' o 'frases bomba', por llamarlas de alguna manera. Para empezar con algo, recuerdo hace tiempo una conversación con una chica, todo iba bastante bien hasta que salió, no sé por qué, el tema de Greenpeace y ella dijo algo así como: 'Esa gente lo que les pasa es que son unos vagos porque, dime tú, ¿en qué trabajan? ¿No pueden buscarse un trabajo de verdad?'.

domingo, agosto 26, 2007

Sueños húmedos

Anoche soñé con una amiga a la que últimamente no veo mucho. Es curioso porque esta niña me atrajo en su momento, y yo pensaba que esa atracción era cosa del pasado. Pero ha tenido que venir mi inconsciente en forma de sueño erótico para decirme que no, que el pasado está muy presente y que aún sigo queriendo hincarle el diente. Así que ahí estábamos, llamémosle Lucía y yo, en medio de mi sueño metiéndonos mano, y la verdad es que yo me notaba demasiado excitado (un amigo mío diría bastante berraco), cosa que ahora que lo pienso me resulta algo extraño, ya que mi última paja me la hice el miércoles por la noche volviendo de Sevilla y no es normal que dos días después tenga un sueño húmedo. Por cierto que, for the record, en esos momentos no es lo mismo ser tío que tía, me refiero a masturbarte mientras estás conduciendo, ya que al contrario que ellas (en este magnífico relato Merteuil nos describe esta situación desde su punto de vista) los tíos no lo tenemos tan fácil, entre otras cosas por el hecho de tener que coordinar de alguna manera el uso de algún papel, o trapo, justo en el momento oportuno, no a posteriori a menos que quieras dejarlo todo pringado, con el trabajo en sí, y siempre a una sola mano porque en la otra tienes el volante (es más fácil en este caso ir por autovía, ya que como siempre vas en quinta, tienes una cosa menos de la que ocuparte), y no es plan de pegártela por estar en otras cosas y que luego cuando vayan a rescatarte (o a recuperar lo que quede de ti) te encuentren con los calzoncillos bajados, claro que pensándolo bien, en ese momento probablemente sea lo que menos te preocupe. Pero ésta es otra historia que seguro da juego para otro relato, lo que os iba contando es que estaba yo con mi amiga y estábamos hablando, y yo ya estaba muy excitado. Y luego nos dimos un par de besos y me excité todavía más, y besé su cuello y gimió y yo pensé que iba a explotar, así que intenté calmarme un poco, pero entonces me mostró sus senos y cuando toqué un pezón duro y turgente ya no me aguantaba más, y al chuparlo y agarrar ella mi cabeza y apretarla contra sí al tiempo que gemía más fuerte creí que me corría, y no entendía por qué estaba tan (berraco) excitado. Me separé, respiré profundo tres veces e intenté centrarme un poco y pararme cuando no pudiera más, pero vi cómo Lucía entrecerraba los ojos y se agachaba entre mis piernas... en ese momento me desperté (y no es coña), así que no sé si el sueño podría calificarse de húmedo, ya que humedades no hubo ninguna, al menos por mi parte, aunque lo que sí es cierto es que la tenía, como diría Neige, dura como una piedra. Pero estuvo bien, me moló, fue muy agradable y ha hecho que vuelva a mirar a esta amiga con otros ojos. Acabo de comer y me voy a echar la siesta, digamos que con expectativas. Y cuando vuelva a Madrid voy a llamar a Lucía. Pa ver qué se cuenta.

domingo, agosto 12, 2007

3 en 1

Cogí el coche, un Mercedes de hace 20 años, y me fui para San Roque. Llegué a la dirección que me habían dado, aparqué y llamé a la puerta. Me abrió un chaval sudamericano, con gorra. Parecía que me estaban esperando.

- Pasa.

Dentro, en el salón, había bastante gente. Seis chicos ocupaban distintos sillones y sofás. Un par se estaban haciendo un porro, otros dos charlaban y fumaban, otro miraba la tele con ojos idos. El último estaba preparando fichas y cartas. Una chica me miraba curiosa, otra se estaba metiendo una raya, supongo que de coca, usando la carátula de un cd. Me miró con ojos vidriosos.

- Hola, dije.

- Hola, respondió. ¿Quieres una?

- Bueno.

Cogí la carátula y el billete enturulado que me ofreció. Lo apoyé en la mesa y me metí. Un poco cayó de nuevo de mi nariz al cd. Nunca se me ha dado bien meterme rayas.

- ¿Tienes algo para beber?

La coca siempre me queda mal sabor en la garganta.

- ¿Una cerveza, coca cola...?

- Coca cola está bien, gracias.

Me senté en el sofá. Me ofrecieron un porro. Era bueno. Algunos chicos se sentaron alrededor de la mesa. Repartieron fichas.

- ¿Tú vas a jugar?

- ¿Qué es, póker?

- Sí, póker.

- Venga, va.

Sonreí tontamente. No debería fumar mucho, esa hierba, o costo, o lo que sea, era fuerte, y no me iba a enterar de la partida.

- ¿Cuantas fichas quieres?

- ¿Cuánto estáis jugando?

- Yo qué sé, 10 euros, 20...

- Espera, a ver cuánto tengo.

Saqué el monedero. Aproveché para sacar también las llaves del coche, y el móvil, y los dejé encima de la mesa. Así estaba mucho más cómodo. Me sentía observado. ¿Era una expresión burlona lo que veía en los ojos de esa chica? Será la marihuana. Me pasaron otro porro.

- ¿Cuantas fichas vas a querer?

- Sí, perdona.

Abrí el monedero. Tenía 30 euros. Saqué también una bolsita con un polvo blanco, ¿coca o speed? Ni idea. Se la di al chaval de las fichas.

- Dame 15 euros, y hazte unas rayas si quieres.

- ¿Qué es?

- La verdad es que no lo sé.

Algo de polvo se me quedó pegado a los dedos. Los pasé por mis labios para ver qué era, pero la marihuana había alterado mis sentidos. Bebí coca cola. Las burbujas chocaban contra mi paladar. Parecían petas zetas. El de las fichas le dio la bolsa al chaval de su derecha. Creo que es coca, le dijo. Se puso a barajar y repartió cartas. Me ofrecieron otro porro, pero esta vez lo decliné. Tenía una buena mano.

- ¿Y qué tal todo?

- Bien, como siempre.

- Te pongo tus cosas aquí, al lado de la tele.

- Toma. Me pasaron de nuevo el cd. Y tu bolsa.

- ¿Qué es al final?

- Zarpa.

Zarpa, farlopa, coca, perico. Cada generación renombra sus vicios, como si así los conocieran más e invocaran poderes nuevos para controlarlos. Estaba buena. ¿Qué coño hacía yo con una bolsita de buena farlopa en mi monedero? A saber de cuándo sería, pero la hierba no me dejaba pensar bien. Jugamos varias manos. Los porros seguían pasando, a veces fumaba, a veces no. Nos hicimos una cuantas (zarpa, farlopa, perico, coca) rayas más. Estaba perdiendo, pero tranquilamente.

- Dame otros 15.

No se puede jugar al póker fumando. Pero bueno, no se trata de ganar. Me lo estaba pasando bien.

- ¿Me dejas el teléfono para hacer una llamada?

Me volví para encontrarme unos ojos azul intenso mirándome inquisitivamente. Era la chica del principio, la de la expresión burlona.

- Sí, claro, acerté a contestar.

- Toma, te lo cambio por un porro.

La chica cogió el móvil. Marcó un número y se fue para otra habitación.

- Oye, ¿vas o no vas?

- ¿Perdona?

- Que si vas.

Intenté concentrarme. Lo importante es no dar la sensación de que no te enteras, pero a mí me resulta complicado. Mis gestos, mis movimientos, me delatan. Soy como un libro abierto.

- Voy, voy. ¿Cuánto hay que poner?

- Dos fichas, dijo sonriendo. Un libro abierto.

- Nosotras nos vamos, hasta luego.

- Chao.

Seguimos jugando y lo perdí todo.

- ¿Quieres más fichas?

- No, gracias, creo que me voy para casa.

Me levanté para recoger mis cosas. Faltaban el móvil y las llaves del coche. Estaba super fumado y no me atrevía a preguntar.

- Oye, la chica ésta, ¿ha dejado mi móvil por algún sitio?, le pregunté al que repartía fichas.

- Yo qué sé, tío, tú sabrás a quién le dejas las cosas.

- Es que también me faltan las llaves del coche.

- El coche está atrás, lo hemos movido. Ven por aquí.

Fui con él por un pasillo largo y oscuro. Estaba algo asustado. Me abrió una puerta que daba a la calle, del otro lado de donde había entrado.

- Vuelve cuando quieras, me dijo, sonriendo. Y cerró.

La puerta no tenía asa, ni timbre al que llamar. Me di la vuelta y salí balanceándome a la calle. El coche no estaba por ninguna parte. Paré un taxi, me monté y me fui para casa.

Así que de una tacada me quedé sin móvil, sin coche y sin pasta. Y sin la poca autoestima que me quedaba.

viernes, agosto 10, 2007

Babel

Hoy es mi último día en Cambridge. Ya tengo mi certificado de que he completado mi curso de inglés. Tenía miedo de que el viaje me decepcionara. Hasta ahora sólo había viajado por España y Portugal. Este era un salto grande con respecto a mi vida cotidiana.
En absoluto me ha decepcionado. Cambridge es una ciudad magnífica y Reino Unido es un país realmente precioso.
Además de mejorar un poco (más bien poco) mi nivel de Inglés que no sale del Upper Intermediate, he aprendido varias cosas realmente significativas.
La más importante de todas está relacionada con la falsedad de los tópicos. Para empezar ha hecho bastante calor y no ha llovido ningún día, ya que el este parece bastante más seco que el resto.
La gente es simpática, educada y agradable, bastante más que lo que yo conozco del lugar de España en que vivo.
A diferencia de lo que ocurre en España, los telediarios no parecen estar tan llenos de malas noticias, y no se nota un miedo especial en la gente al terrorismo o a las desgracias. La gente parece muy feliz. En cualquier tienda te tratan especialmente bien si les pides que sean compresivos con tu nivel de inglés. Hay millones de inmigrantes, perfectamente integrados, pero sin renunciar a su cultura. Mujeres árabes completamente cubiertas comprando cosas realmente caras en Harrods, aunténticas princesas de cuento, con ojos profundos soberbiamente envueltas en magníficas telas. Mujeres indias vestidas con su tradicional estilo. Darse una vuelta por el barrio de Candem Market es acercarse a un mundo underground donde tiene cabida toda raza urbana. En fin, que no es como en España, que la gente de raza negra está vendiendo pañuelos en un semáforo, aquí puedes verlos ejerciendo de abogados o policías. Lo poco que he visto de Inglaterra ha cambiado cualquier percepción que tuviera de este país. Pese a los tópicos de lo cerrados que son los ingleses, yo he descubierto un paraiso de gentes de diversas culturas que parecen entenderse bastante bien.
Cierto es que siempre hay un garbanzo malo en toda olla. Pero afortunadamente yo no lo he encontrado.
Gente de los cinco continentes caminando unida sin entorpecerse o renunciar a su cultura pero respetándose.
Me voy para España sólo con ganas de comer un buen cocido o una buena paella. Me voy para España con la seguridad de que este viaje me ha enseñado a ser mejor persona y a ser mucho más crítica con mi propio país, que indudablemente tiene muchísimo que aprender sobre convivencia y respeto.