sábado, junio 16, 2007

Feminismo: el gran triunfo del machismo

Es cierto que a lo largo de los tiempos han existido profundas desigualdades e injusticias que, con más o menos acierto, se han corregido: racismo, xenofobia, prohibición del voto a causa del género, persecución de la homosexualidad...
Afortunadamente, hemos superado una buena parte de estos problemas, al menos en lo que llamamos Occidente. Fruto, principalmente, de las ideas liberales de la Ilustración, donde el ser humano se reviste de una serie de derechos que sólo tienen como límite los derechos de los otros, su bienestar y la ley. A eso se le llamó Estado de Derecho.
En un Estado de Derecho se supone que todos somos ciudadanos con las mismas oportunidades, libertades y deberes, independientemente de nuestro género, condición sexual, raza o religión. Hasta aquí todo parece perfecto.
Es evidente que no todos los ciudadanos aceptan las reglas del juego, sigue habiendo gente que es racista, xenófoba, homófoba o misógina, y sin llegar a tanto, es cierto que todavía hay dosis de machismo que llevan a ciertos hombres a pensarse superiores a las mujeres. Pero quiero creer que no son la inmensa mayoría y que para perseguir estas cosas están las leyes. Luego, en mi caso, como mujer, ¿para qué quiero una ley que nos discrimine nuevamente aunque sea de forma positiva?
Y lo de "positiva" tiene muchos matices, para mí la discriminación es siempre negativa. Porque yo, que trabajo en un lugar donde la mayoría son hombres, la nueva ley será la excusa de los machistas para decirme que si he llegado donde estoy es porque hay que cumplir la cuota.
Por otro lado, pienso que el movimiento feminista radical ha sido el mejor triunfo del machismo de siempre.
La mujer, para igualarse al hombre, no ha pretendido adquirir sólo sus mismos derechos, que son intrínsecos a su condición de seres humanos, sino que se ha masculinizado. Es algo que se siente en todas partes. Si una mujer decide dedicarse a ser ama de casa es vista como una esclava, si un hombre toma la misma decisión se supone que es un mantenido. La mujer se ha cargado con la responsibilidad de tener los hijos, de amamantarlos, de educarlos y, además, de ser sexy, atractiva, de ser la puta que el marido necesita, para que no se vaya a buscarlo fuera de casa, de trabajar, de triunfar en su carrera, incluso aunque no le guste. La mujer está obligada a trabajar, aunque sea en una oficina, en el empleo más aburrido del mundo, para demostrar que se merece ser como el hombre.
Automáticamente se ha infravalorado el trabajo que han hecho nuestras antepasadas, nuestras madres y abuelas que "no trabajaban". Ser ama de casa se ha convertido en sinónimo de fracaso personal, de falta de realización. Nosotras, las hijas, no aspiramos a ser como nuestras madres o abuelas, queremos parecernos a nuestros padres o abuelos. No queremos encerrar nuestra vida entre cuatro paredes dedicándonos a la aburrida tarea de criar hijos o administrar el hogar.
En resumen, no hemos alcanzado más derechos, sino más deberes. La mujer busca la aprobación de los hombres, masculinizándose, informándose de como satisfacerlos sexualmente, realizando, si es preciso, jornadas agotadoras tanto en casa como en el trabajo. ¿Para qué? Para no ser como nuestras abuelas, unas mantenidas.
¡Qué gran equivocación! El feminismo radical ha echado por tierra el trabajo que las mujeres han hecho por la Humanidad a lo largo de la historia. Porque la Humanidad ha sobrevivido gracias a las mujeres, que han alumbrado las nuevas generaciones y las han educado. En tiempos de guerra, las mujeres han reconstruido lo que los hombres destruían. Aún así, las mujeres consideramos un triunfo nuestra entrada en el ejército, a ser posible fuera de la retaguardia.
Hasta en la moda, nos visten hombres que desean ser mujeres, transformando nuestras curvas pensadas por la naturaleza para generar vida, en líneas andróginas, para satisfacer su ego desesperados de artistas. Y las mujeres, lejos de levantarse frente a tal atentado contra la salud, caen en la trampa, se arrastran en el lodo de la anorexia para enfundarse la talla 36 del vaquero de moda.
Mientras la mujer se masculiniza, el hombre se aprovecha de las circunstancias. En el matrimonio, la mujer amamanta y cría, pero a la hora de invitar en un bar, que cada uno se pague lo suyo, no sea que resulte machista.
Mientras la mujer se vuelve más sexy para el hombre, el hombre responde con celos, agresiones y asesinatos. Ya no sólo los hombres, hasta los niños de 17 años se despechan de tal manera que asesinan a sus "ex".
Las mujeres son educadas para que sepan hacer de todo, pero los hombres siguen siendo educados de la misma forma.
Quizá el mundo funcionaría mejor si en vez de habernos masculinazado las mujeres, se hubieran feminizado un poco los hombres. Probablemente, en ese caso, y atendiendo a las estadísticas, habría mucha menos gente en la cárcel por delitos de sangre.
Nuestro verdadero triunfo, el de la mujer, llegará el día en que no queramos ser iguales a los hombres, y estemos orgullosas de nuestra singularidad como mujeres, algo que no tiene nada que ver con que, como ciudadanos, tengamos los derechos de cualquier ser humano a decidir nuestro futuro.

1 comentario:

kike dijo...

De acuerdo en todo, excepto en tu opinión sobre la discriminación positiva. Durante siglos el hombre ha ejercido una posición dominante por la que las mujeres partís en desventaja a la hora de acceder a determinados puestos de control y poder. Lo ideal sería que no existiera esa discriminación inherente al hecho de ser mujer, pero como existe, soy de la opinión de que hay que compensarla de alguna forma. Cuando gracias a esa discriminación positiva las mujeres tengáis vuestra cuota de poder aceptada, la sociedad se quite de encima esta discriminación inherente y la situación se normalice, entonces no tendrá sentido una ley de discriminación positiva. Mientras tanto hay que habilitar los mecanismos necesarios para 'ayudar' a que se produzca esa normalización.