viernes, febrero 02, 2007

La Pena

‘Los dos sabemos que soy muy pesada, pero...’. Era la frase que siempre decías cuando nos separábamos. Era tu manera de justificarte, de pedirme perdón por los momentos de duda, de asegurarme que a pesar de esos momentos me seguías queriendo, y estabas deseando que nos reuniéramos de nuevo lo antes posible.

No era tu última frase, ni la penúltima. No tenía un momento concreto. La soltabas el último día, o la última noche, después de dudar unas cuantas veces y pensar un poco cómo finalizarla. Pero no hacía falta que la terminaras, yo ya sabía cómo seguiría. Por eso te estrechaba entre mis brazos y te cubría de besos, y sentía tu alma, tu energía, calmándome, los últimos momentos antes de la despedida. A ti te sentaba mal que no estuviera triste, porque tú te hartabas de llorar, y yo parecía el tío más feliz del mundo. Y en cierto modo lo era. Porque sabía que más pronto que tarde volveríamos a reunirnos, y que no importaba cuantas veces tuviéramos que separarnos, estábamos hechos el uno para el otro, y cuando las fuerzas del cosmos, o los dioses, así lo quisieran, permaneceríamos juntos y nada podría separarnos de nuevo. Y, entretanto, siempre volverías.

Sólo que esa vez ya no volviste.

Y me hundí en mi dolor.

Primero fueron las distancias, los silencios, las conversaciones telefónicas en las que percibía que algo no marchaba. Sea para bien o para mal, suelo notar esas cosas, percibo cuándo hay algo, tensión, atracción, odio. Y en tu caso percibía dudas. Cuando te pregunté no lo negaste, al contrario, confirmaste una sensación que ya habías notado – y ya me habías comentado – antes, la sensación de que te faltaba algo, que nuestra relación se había estancado y no podía ofrecerte nada más.

- Es que, cada vez que comenzamos a construir algo, tenemos que separarnos, y cuando nos volvemos a ver, comenzar de cero.

Yo no lo veía así, pero en parte tenías razón. Y no me preocupaba, porque preocuparme sería angustiarme, y angustiarme sería sufrir demasiado. Y yo estaba en la treintena, y tú en la veintena, y dos años para mí eran un suspiro, y para ti toda una vida. Más tarde me dijiste que no era sólo la distancia, que te faltaba algo más. Y yo sigo pensando que si no hubiera habido distancia ese algo más no te habría faltado. Y me cago en la puta distancia, y en la puta vida por ser tan injusta. Y en la mierda de la gente que me ha hecho estar alejado de ti, y en mi forma de ser, y mi yo al completo, que me ha impedido coger un avión, dejarlo todo y largarme a París a intentarlo contigo, y a que lo nuestro funcionara o no funcionara por nosotros. Y no por la puta distancia.

Recorro las salas del museo Picasso, en Málaga. Cada una de ellas me recuerda a ti. Ya el sólo hecho de que Picasso pasara gran parte de su vida en París es suficiente para que me acompañes durante toda la visita. Ojalá estuvieras aquí de verdad, comentando conmigo los cuadros y los grabados, y no como una ilusión permanente, pero imposible.

¿Por qué no hicimos más cosas juntos, por qué la necesidad ahora – y no entonces – de compartir una visita al museo, una conversación, trivial y reveladora al mismo tiempo, sobre cualquier cuestión banal, pero que nos hiciera conocernos mejor el uno al otro? Supongo que entonces no tenía prisa, pensaba que ya habría tiempo; la dicha del instante no nos permite ver la fugacidad del momento, y que aquello que en ese tiempo nos parece eterno no está destinado a perdurar. Demasiado tarde descubrimos que lo que no hemos realizado entonces, sea por pereza, o cualquier otra razón, ya no es posible que suceda de nuevo, al menos en las circunstancias en que nos encontrábamos en ese instante, y que nos gustaría que se dieran ahora; que los momentos que dejamos escapar no volverán a repetirse.

Deambulo por las salas con expresión ensoñadora. Tal vez, seguro, conocer a otra chica me ayudaría a superar este momento, si no a olvidarte, imposible olvidarte, sí, al menos, a mitigar el dolor. Pero no tengo fuerzas, ni ganas, para dar el primer paso. Mi autoestima está por los suelos, y al mismo tiempo, ninguna mujer puede compararse contigo, musa entre las musas, esencia de la feminidad. Porque, ¿quién puede conformarse con un terrón de azúcar, cuando se han degustado las mieles del paraíso?

2 comentarios:

clementine-amelie dijo...

quizás ella no dudaba, tal vez picasso la pintó demasiado desnuda y ella tenía miedo...
quizás deberías coger un avión y largarte a parís, tal vez ella pasee por los mismos lugares que paseó picasso..., o tal vez no.
sí, quizás deberías coger un avión y largarte a parís.

cariños.

kike dijo...

hace ya demasiado tiempo de eso, pero es algo que (creo) que ya he aprendido, para otra ocasión.

besos