lunes, julio 30, 2007

Monicca (y III)

(continuación de este relato)

La brisa era fresca, y Monicca llevaba una camiseta de tirantes. Le ofrecí mi camiseta de manga larga.

- ¿Tú no vas a tener frío?

- De momento no.

Bajamos la calle despacio, disfrutando el momento.

- ¿Sabes?, le dije, hay una conexión increíble entre nosotros y mucho feeling, pero percibo algo, como una disonancia, que no sé qué es ni me incumbe, pero es como si hubiera algo ahí... a veces tienes los ojos tristes.

- Bueno, acabamos de conocernos, y yo tengo una historia por ahí, que te contaré algún día, de la que estoy intentando salir... dudó, es que es un poco complicada.

- Nada, no te agobies. Ya surgirá el momento, si es que surge, para que me cuentes tus temas.

Seguimos bajando la calle abrazados, en silencio.

- Mira, dije señalando hacia arriba, ¿ves esos balcones? Ésa es mi casa.

- ¿Ah, sí? Qué bien situada.

- Sí, esto es como un pueblo pequeño. Y hay unas vistas cojonudas.

Llegamos al jardín.

- Menos mal, de lejos pensé que estaba cerrado.

- Estás ciego, rió.

- Ciego no. Sólo un poco miope.

Entramos. El parque estaba vacío. Las dalias eran rojas, moradas, azules y amarillas. Monicca pasó su mano sobre ellas.

- Qué bonitas. Pero no huelen.

Pasé mi mano también por encima.

- Aquí la flor más bonita eres tú.

- ¿Sabes que me gustan mucho los piropos?

Nos acercamos a la iglesia. Monicca se subió a una piedra para oler más dalias al fondo. La abrazé por detrás. Se dio la vuelta y me echó los brazos alrededor del cuello.

- ¿Pero tú de dónde has salido?

Me besó de nuevo. Bajó y caminamos hasta el fondo del parque. Se apoyó en la barandilla. Volví a abrazarla por la cintura. Olí su cuello y su pelo. Contemplamos la luna, en silencio. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

- ¿Tienes frío? ¿Quieres tu camiseta?

- No, no hace falta, pero mejor si nos vamos yendo.

Salimos del parque y cruzamos el semáforo. Dejamos mi casa a la derecha.

- Te diría que te subieras a casa a fumarnos un porro y tocar el didgeridoo, pero es que me apetece estar en la calle.

- Kike... no estoy muy segura de querer subir esta noche a tu casa...

- Pues, si no estás segura, lo mejor es que no subas. Sonreí. Pero, de todas formas, estaría de puta madre pasar la noche contigo.

- Eso es muy bonito..., dudó un momento, antes de continuar, ¿tú a qué hora te levantas?

- A la misma que tú.

- Yo tengo que estar a las 9 en Atocha.

- Pues mañana a las 9 te dejo en Atocha.

Llegamos al Tío Timón.

- ¿Me dejas que te invite?

- Por supuesto.

- ¿Qué quieres?

- Un zumo de piña.

- ¿Un zumo de piña?, preguntó, arqueando una ceja.

- Sí, contesté. Es que quiero ser consciente del momento.

Sonrió y fue a pedir. Fui tras ella. No quería separarme ni un instante.

- Sólo tienen de naranja y de melocotón. ¿Cuál prefieres?

- ¿Tú qué vas a pedir?

- Otro zumo

- Pues si te parece, pedimos uno de cada, y los compartimos.

Apareció Cuca. Estaba más delgada.

- Hey Cuca, qué tal.

- Hola, cuanto tiempo.

- He andado algo ocupado. Mira, ésta es Monicca. Monicca, Cuca.

- Hola.

- Encantada.

- ¿Os atienden?

- Sí, gracias, ya hemos pedido.

- Bueno, pues si necesitáis cualquier cosa, me lo decís.

Salimos a la calle. Comenzó a llover de nuevo.

- Chicos, no se pueden sacar bebidas fuera.

Nos quedamos en la entrada hablando y riendo un rato. Se hacía tarde. El melocotón sabía dulce.

- ¿Cambiamos? Bebí del otro vaso. El problema de alternar uno con otro, dije, es que, después del melocotón, la naranja sabe insípida.

- Eso es porque hay que mezclarlas. Monicca cogió los dos vasos y los juntó en uno. ¿Ves? Mucho mejor.

Nos miramos en silencio.

- ¿Nos vamos a tu casa?

- Cuando quieras.

Dejé los vasos en la barra y nos fuimos. Llegamos a mi portal y subimos. Cinco pisos fatigan, para quien no esté acostumbrado.

- Sí que es verdad que hay una vistas preciosas.

- Sí, el piso está muy bien. ¿Quieres beber algo?

- Sólo un vaso de agua.

Fuimos a la cocina. Por el pasillo cruzó Sergio.

- Ése es mi compañero de piso.

Monicca me abrazó del cuello y me besó.

- Quiero estar a solas contigo, me susurró al oído.

- Ahora mismo, contesté.

Fui para mi habitación y encendí el ordenador. Monicca me miró con aire interrogador.

- Estoy poniendo música.

- Informáticos. Una vez me lié con uno y dije, '¡nunca más!'

Se dejó caer perezosamente sobre el colchón. Encendí algo de incienso.

- ¿Tienes algo para ponerme?

- Algo hay, por ahí.

- No lo necesito, siempre duermo desnuda, pero como es tu habitación, pues no sé...

- Ah, mejor entonces. Yo también suelo dormir desnudo.

Me desnudé y me metí en la cama. Nos abrazamos. Su cuerpo temblaba ligeramente bajo las sábanas.

- Vamos a dormir, ¿no?, dijo al tiempo que me besaba.

- Sí, claro, a dormir.

Le devolví el beso. Su piel blanca se pegaba a la mía. Mi sexo dolía como si fuera la primera vez.

Besé su cuello y un leve suspiro se escapó de sus labios.

Recorrí con mi boca todo su cuerpo, me hundí en su mar de cristal y, saturado de su olor, me sumí en la inconsciencia.

Sonó el despertador. Abrí los ojos y ella seguía allí, a mi lado.

- Buenos días, princesa, dije, besando su frente.

- Bueeee...eenos díííías... respondió con los ojos aún medio cerrados. Me has abrazado toda la noche...

- ¿Es una pregunta, una afirmación...?

- Una afirmación. Qué guay.

- Es que no quiero que te me escapes.

Sonrió, al tiempo que se desperezaba.

- He dormido muy bien. ¿De qué es la cama?

- De goma espuma. ¿A que se duerme estupéndamente?

- ¿De goma espuma? Pues es verdad que se duerme bien. Pensaba que era de éstas... sintéticas.

- No, que va, esto es de una tienda aquí al lado. Lo más ancho es 1'80, en blando, medio y duro. Éste es el duro, de 1'80 x 1'80. Así puedes dormir del lado que quieras.

- Yo he dormido super a gusto. Se incorporó y se sentó en la cama. Las curvas de su cadera se acentuaban sobre el borde del colchón. Y el cojín es también una pasada. ¿Dónde compraste el relleno?

- También en otra tienda, cerca. Fui a comprarlo y dije: 'quiero relleno para un cojín con el que se folle bien'.

Volvió a sonreír y me miró con sus pestañas infinitas.

- ¿Te apetece... commo dicci, 'echar un polvo'? No me gusta, ¿no hay otra forma de decirlo?

- Echar un casquete.

- ¡Ja...! ¡Sí hombre... pues eso...! Que si te apetece 'echar un cahquete...'

A las diez de la mañana la dejé en Lavapiés. Quería pasarse por su antiguo piso, recoger algo de ropa...

- Que tengas un buen día, preciosa.

- Tú también. Tengo que resolver un asunto esta tarde, cuando acabe te llamo.

- Estupendo. Podemos ver una peli tranquilos en casa, o salir, o lo que tú quieras.

- Vale, me apetece.

- Que, me lo he pasado de puta madre. Todavía estoy alucinando.

- Yo también. Me has hecho mucho bien.

- No más que el que tú me has hecho a mí.

Nos besamos de nuevo antes de que se bajara.

- Te llamo luego.

- Venga.

La vi alejarse calle abajo. Mientras arrancaba le dije adiós con la mano, y me fui a trabajar.

Al llegar al trabajo le envié un mensaje, 'Ya te estoy echando de menos'. Me contestó que ella también. Pasé el día como un niño con zapatos nuevos. Que fuera todo tan fácil, que hubiera tanta conexión, que nos compenetráramos tan bien... Yo estaba alucinando. Pasé todo el tiempo como en una nube.

A las 6 de la tarde sonó el teléfono. Era Monicca. Parecía triste.

- ¿Qué te sucede?

- Nada, lo que te conté ayer, mis historias... ¿dónde estás?

- En el trabajo.

- ¿Todavía?

- Sí, pero termino un par de cosas y te llamo. Dame una hora.

- Vale, te espero.

Lo solucioné todo en 30 minutos. Cogí el móvil y marqué su número. Tras un tono, cortaron la llamada. Qué raro, pensé. Debe estar medio dormida. Así que cogí el coche y me fui para su zona, aunque no sabía exáctamente dónde vivía.

Al llegar paré el motor y volví a llamarla. Su voz sonaba preocupada. Me dijo que ese día no podía verme. Que estaba sentada en el salón y que necesitaba estar sola. Que ya me llamaría. Y colgó.

Arranqué el coche y me fui para casa.




Ha pasado ya algún tiempo, y no he vuelto a saber de Monicca: igual de rápido que vino, desapareció. Sé que no puedo quejarme, y aunque me quejara, ¿de qué serviría? Lo cierto es que cada momento que me regaló fue maravilloso, y a pesar de que durante un tiempo, y aún hoy en día, a veces, cuando hago cosas, me imagino que está a mi lado, ver una peli, pasear por el parque, tocar la guitarra, y lo paso mal, todo lo compensan los escasos instantes que pasamos juntos. De vez en cuando vuelvo al jardín de dalias, y la veo de nuevo subida en la piedra, o apoyada en la barandilla; entonces recuerdo que la felicidad es posible, aunque sea sólo por una noche. Quién sabe, igual algún día el cosmos se ponga de nuestra parte y volvamos a encontrarnos en circunstancias más favorables. Mientras tanto, sólo me queda recordarla, agradecer el bien que me hizo, y desear que se encuentre a gusto, donde quiera que esté.


4 comentarios:

Victor dijo...

Bonito y triste final. Me recuerda a episodios de mi vida que jamás he podido olvidarr.

Anónimo dijo...

Disfrutaste el momento, lo exprimiste, sin especulaciones... desde luego no te puedes arrepentir de nada y te quedarán como recuerdos esos instantes maravillosos.
Ese final también me resulta familiar... sin duda un 'leit motiv' vital común a muchas personas.
[en el fondo yo creo que fue la espeluznante visión de Sergio por el pasillo lo que traumatizó a la chica] ;-)
Pedro.

Neige dijo...

Pero mira que eres ñoño! :P
Pa decir que la tenías dura como una piedra sueltas que te dolía el sexo. :P

Es broma.
Está mu bien escrito.

kike dijo...

Se trata sólamente de un recurso literario. Todo el mundo sabe que soy virgen.